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ARANDA JOSE JIMENEZ

Mardi 16 novembre 2010

Aranda José Jiménez

Pintor

ARANDA JOSE JIMENEZ

Album Salon 1904
Autorretrato

Expositor en 1889. Grupo 1, Clase 1:

Cristo, óleo sobre lienzo
Partida perdida, óleo sobre lienzo
Partida de ajedrez, óleo sobre lienzo
Los políticos, óleo sobre lienzo
Rêverie, óleo sobre lienzo

Grupo 1, Clase 2: acuarelas y aguadas

La visión de fray Martín, acuarela
Últimos retoques, aguada
Un compilador, aguada
Estudio barato, aguada
A orillas del mar, aguada
El árbol viejo, aguada

  1. Consigue tercera med. en el Salón de París en 1882
  2. Es jurado de admisión para las obras de Bellas Artes en 1889

 

Sevilla intelectual, sus escritores y artistas contemporáneos por Cascales Muñoz Madrid 1896.

José Jiménez Aranda,

Entre los muchos ingenios que, en el momento de naufragar, debieron su salvación al oportuno auxilio del tantas veces ilustre D. Eduardo Cano, figura en primera línea el inspirado y original artista D. José Jiménez Aranda, cuyos cuadros son universalmente conocidos, no sólo de los inteligentes que se apresuran á contemplarlos, apenas reciben la última pincelada, sino del público todo que forma juicio de ellos por las reproducciones que hacen las principales revistas y periódicos ilustrados.

Hijo del hábil ebanista D. José Jiménez Prieto y de su virtuosa señora doña Rosario Aranda Alonso-Alcocer, nació mi biografiado en la ciudad de Sevilla, en el mes de Febrero de 1837. Cuando aún no contaba doce años, comenzó el aprendizaje de la pintura, por la que sentía especial predilección, y después de recibir algunas lecciones de dos profesores, poco conocidos, entró en el estudio de don Antonio Bejarano, con quien estuvo dibujando el Antiguo, hasta que se resolvió á pintar por sí sólo «empezando—según él—á dar palos de ciego». Más tarde estudió un curso académico de escultura, para la que también revelaba grandes aptitudes; pero carecía de constancia y pronto hubo de abandonarla para dedicarse á litografiar santos de batalla; siguiendo así durante algún tiempo, sin saber lo que él valía ni por donde iba, hasta que fué á la capital andaluza el citado Sr. Cano, el cual llegó á
tiempo de impedir que aquel talento privilegiado concluyera por extraviarse. Dicho señor comprendió enseguida las excelentes condiciones de Jiménez Aranda, y con el acierto que siempre ha tenido para todos sus alumnos, principió á dirigirle por el verdadero camino, siendo en realidad su primero y único maestro.
Desde aquella época sufrió el joven discípulo un cambio radical; se consagró con fe á los trabajos serios; y en pocos anos (cuando él tenía veinte) había hecho notables progresos en el terreno del Arte. Con fuerzas para volar sin protección extraña, se trasladó á Jerez de la Frontera, donde conoció á su esposa, y, casado con ésta en 1868, hubo de establecerse en Madrid, ansioso de examinar las bellezas que atesora el Museo del Prado, en el que le encantaron los cuadros de Velázquez, que fueron para él como una revelación.
Jiménez Aranda no ha sido pensionado jamás por persona ni corporación alguna; todo se lo debe á sí mismo; desde niño ha vivido del producto desus trabajos, y como estos le dieran lo suficientepara sostenerse y sostener á su familia, no sólo hapodido mantener á sus padres siempre al ladosuyo, sino que sus pinceles le han facilitado, alpar, los recursos necesarios para hacer importantesexcursiones artísticas y dedicarse al estudio de lasobras maestras, del que son hermoso fruto sus bellísimos cuadros; todos originales, porque el pintor sevillano no ha copiado jamás lienzos de otro.
A los tres años de estar en la corte, ó sea en1871, hizo su primer viaje á Roma, llevando consigoá sus padres y hermanos, á más de su mujer ytres hijas. Allí pudo contemplar las inmortalesobras que existen en templos y museos, y en 1874regresó á España, permaneciendo un año en Valencia,desde la que pasó á Sevilla. En ésta hizo estación hasta el 81 en que partió para la capital francesa (seguido igualmente de todos sus deudos, excepto sus padres que habían fallecido), y en el 90, volvió á Madrid, donde continuó ganando mucho dinero y no poca fama, hasta hace pocos años que regresó definitivamente á su ciudad natal.
Sus cuadros valen miles de duros; pero como tienen muchos golosos, salen de su casa tan pronto como están terminados, para honrar, con la firma que llevan al pie, las colecciones más suntuosas de la península y del extranjero.
Cuanto hace su mano lleva el sello de la perfección, y si os proponéis analizar cualquiera de sus producciones no sabréis que admirar más, si la acertada composición, la valentía del dibujo, ó la riqueza de los colores. Sin embargo, consultad el parecer del autor y habrá de deciros que no ha quedado satisfecho; porque lo que él concibe es todavía superior á lo más perfecto que se puede hacer con los elementos de la Naturaleza.
Jiménez Aranda figura hoy entre las glorias de la patria, y merced á su paleta es uno de los soles más resplandecientes del arte contemporáneo.
Sería, tras de inútil, pretencioso, hacer la descripción y crítica de los sublimes cuadros que ha pintado; éstos son conocidos de cuantos rinden culto al bello Arte, y hasta la hora presente, sólo han merecido entusiastas elogios. Por tales razones me limitaré á recordar los títulos de los siguientes: Un sermón en el patio de los Naranjos de la Catedral de Sevilla’, Un lance de las corridas de toros; La carta de recomendación) Dios guarde al Eei/ N. S.; La lectura de «La Gaceta»; El recomendado; Los murmuradores] Que viene el capitán; La presentación] El café; Una desgracia; La partida perdida] ¿Quién engañará
á quién?; Los idtimos recursos; El dia del Santo] Los políticos; El santero; El harhero en lunes; Consumatum est; Los bibliófilos; Abrid en nombre del rey; La consulta cd abogado; Noticias de la guerra] Lnválidos de la primera Eepiiblica y La visita del novio, la mayoría de los cuales han obtenido los primeros premios en cuantos certámenes han figurado.
Si algún lector no ha tenido la suerte de contemplar esas bellísimas creaciones, consulte las críticas de pintura de La Ilustración Española y Americana, ó de cualquiera revista profesional, y me dará la razón cuando vea lo que dichos periódicos afirman de todas y de cada una de las obras mencionadas.
He aquí como se expresa la citada Ilustración al tratar de ¿Quién engañará á quién? «Es un lindísimo cuadro de género, de composición admirablemente dispuesta, de fino dibujo y color, de accesorios característicos, y su asunto no pide explicación de ninguna clase porque el observador lo comprende en el acto de mirar al cuadro.
¡Qué expresión en el semblante del leguleyo y en la actitud de los que le consultan! ¡Qué riqueza de detalles en los trajes, en los muebles, en los empolvados legajos, en el armario de enrejado de alambre! Y para que nada falte con relación á la época, una imagen de la Soledad alumbrada por sedienta candileja, preside á la intencionada escena».
El mismo autor de estas líneas, Sr. Martínez de Velasco, dice al hablar del hermoso cuadro titulado Una desgracia, y premiado con medalla de oro en la Exposición de Madrid de 1890.
«El asunto es dolorosa escena que ocurre con lamentable frecuencia: un albañil se ha caido del andamio en que trabajaba, revocando la fachada de una casa en construcción, y los transeúntes se agrupan alrededor del desgraciado para socorrerle y compadecerle.
» Jiménez Aranda (ha escrito en este periódica el concienzudo crítico D. Federico Balart, en su es tudio de la Exposición nacional de Bellas Artes) prueba, mejor que otro alguno, lo que vale la reunión de las principales cualidades artísticas. Sus asuntos predilectos son humildes y hasta vulgares, pero siempre pictóricos; su composición es sencilla casi siempre, pero siempre clara y acomodada al asunto; sus personajes siempre están bien caracterizados, y la expresión que les presta nunca resulta fría ni en desacuerdo con su índole ni con su situación; su modelado nunca es falto de solidez; su claro obscuro va en ocasiones desde el blanco hasta el negro, pero jamás confunde los valores correspondientes á los distintos planos de la composición; por último, su colorido es justo, sólido y sin notas discordantes. Además, todos los cuadros llevan el sello de su personalidad, desde el característico retrato de Núnez de Arce, hasta la composición titulada Una desgracia. Toda esta suma de buenas cualidades hacen del Sr. Jiménez Aranda un maestro de su género. En los dominios elegidos por su talento es señor absoluto.»
Juicios tan favorables y aún más encomiásticos que los transcritos han merecido todos los trabajos de este eximio pintor, quien tantos laureles ha conquistado en su brillante carrera artística. Mas como sería interminable mi trabajo si fuese á transcribirlos todos, hago aquí punto final, porque Jiménez Aranda es ya más que conocido, y sus triunfos no necesitan pregonero.

Madrid 1896
Cascales Muñoz, José