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Nuestra Pintura par Emilia Pardo Bazan

Samedi 13 novembre 2010

Nuestra Pintura 

 

Carta XII 12, junio

El asunto que voy á tratar en esta carta es de los más interesantes para España y para los que tenemos gustos artísticos. Me refiero á nuestra sección de pintura y á las vicisitudes por que pasó antes de llegar á verse instalada en el palacio de Bellas Artes.
Referiré estas vicisitudes y tropiezos, tal como han llegado hasta mí, por referencias que creo fidedignas. Alguien me aconsejaba que no comunicase estos detalles á mis lectores de la América del Sur, á fin de que no formasen mala idea de cómo andamos gobernados y regidos los españoles; pero, aparte de que yo creo que la verdad jamás perjudica, opino que nadie tiene más derecho á ella que los americanos, imposibilitados por la distancia de rectificar y aquilatar las noticias que les enviamos desde aquí.
Votada en Cortes la cantidad de dos millones que el Gobierno destinó á nuestra representación extraoficial en el Certamen parisiense, encargóse de dar empleo y lucimiento á la suma la Cámara de Comercio, que presidía Angolotti. Por enfermedad de este señor vino á sustituirle el famoso y opulento fabricante de chocolates Matías López, que es uno de los mayores culpables de que se vaya desterrando el aromático y rico chocolate antiguo molido á brazo y aromatizado con canela, é implantándose la antipática mixtura francesa hecha á máquina, donde la esencia de la vainilla quiere disimular la insipidez de la harina con que tal vez se remedian las faltas del cacao. El Sr. D. Matías López, como es natural, entiende más de chocolatería que de bellas artes, y confió este ramo al cuidado del pintor Domínguez, por haber rehusado la comisión el muy conocido Federico Madrazo. El secretario nombrado fué el periodista Ortega Munilla, y entre los jurados de admisión figuraron Molida, Demínguez, Gisbert y Beruete.
El primer problema era conseguir en París un local digno de nuestros artistas, donde campeasen solos y no tuviesen que reducirse á medio salón, dejando el otro salón á una nación cualquiera, ó contentarse con una modesta salita análoga á laque disfrutan los expositores alemanes. A esto se dirigieron los esfuerzos del Comité en París, y principalmente de Enrique Mélida; y los coronó el éxito más completo, pues obtuvieron nada menos que dos magníficos salones de los llamados de honor: el primero, de 28 metros de largo por 14 de ancho; el segundo, de 14 en cuadro, con elevadísima techumbre; en suma, el mejor local de la Exposición, después del destinado á la pintura francesa, y superior al de naciones que han prestado concurso oficial, como los Estados Unidos.
Logrado el sitio, y sitio tan decoroso, parecía que se encontraba orillada la más grave dificultad que había de impedirnos hacer buen papel en la Exposición de Bellas Artes. Lienzos para cubrir las paredes de nuestros salones, no habían de faltarnos… ¡Cuál sería la consternación de Domínguez viendo que, al dirigirse al Gobierno en demanda de cuadros, se le contestaba con negativas más ó menos rotundas, y el presidente de la Cámara de Comercio apenas le prestaba auxilio!
Poseer dos inmensos salones y no disponer de cuadros con que vestirlos; haber solicitado un local que nos pone en evidencia, y no exhibir en él sino lienzos chicos y de menor cuantía, era sencillamente el fracaso de la Exposición española y la deshonra de nuestro arte á la faz del mundo entero. Indignaba el que, tratándose de nuestra buena fama, se parase el Gobierno en tiquis miquis políticos, cuando la mejor política es hacer buena figura en todos lados y quedar con brillo donde se pronuncie por una ú otra causa el nombre español. No sabiendo á qué santo encomendarse, Domínguez pensó en que resolviese el conflicto la intervención de Emilio Castelar.

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Desde su puesto de aparente retraimiento, según conviene á un ex presidente de República bajo una monarquía, Emilio Castelar dispone é influye, y muchos actos políticos trascendentales de Sagasta se dice de público que obedecen á indicaciones y consejos del eminente orador. Nadie ignora las simpatías que éste manifiesta hacia Francia; tendencia explicable dentro de los ideales políticos á que Castelar no ha renunciado, y á su deseo de crearse simpatías en la nación francesa. Castelar ofreció, pues, remover cuantos obstáculos se opusiesen al envío de cuadros, y llegó al extremo de amenazar con una interpelación en pleno Congreso al ministerio Sagasta. La remesa se acordó en Consejo de ministros.
La concesión parece muy obvia y sencilla; pero concedido y todo el envío, hubo que luchar con innumerables dificultades. Ni fué la mayor el que no-se quisiera contribuir al Certamen internacional con las obras maestras de nuestra pintura durante la última década: peor y más peligroso obstáculo eran las pretensiones de los medianos, que querían cubrir la falta enviando obras que hubiesen dejado con muy feo color nuestro pabellón artístico. Considérese qué vergüenza para España sería no poder exhibir las obras de los Pradillas, Casados y Carboneros, y ver revestidas las paredes de su magnífico local con lienzos problemáticos y bocetos informes.
En resolución, después de bregar mucho, se consiguió que el Museo enviase á París las obras maestras siguientes: La Campana de Huesca, de Casado; la Conversión del Duque de Gandía (San Francisco de Borja), de Moreno Carbonero, y el Fusilamiento de Torrijos, de Gisbert: por señas que este último cuadro, de corte trágico, es el que más gentío atrae en la Exposición; el que consigue siempre tener delante un corro de quince ó veinte admiradores que, sin haberla leído, presienten la estrofa del poeta:

 

 

 Helos allí: junto á la mar bravia, cadáveres están |a y los que fueron honra del libre, y con su muerte dieronalmas al cielo, á España nombradla.»

Pero lo más reñido de la batalla no tuvo por campo el Museo, sino el Senado, y el precio de la victoria fué el célebre lienzo de Pradilla, La Rendición de Granada.

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Esta joya, adquirida por el Senado á un precio que, si se compara con el de otros cuadros encargados lütimamente, resulta hasta módico, é irrisorio si se piensa en la cotización del menor lienzo de Millet, había sido enviada por los senadores á la Exposición de Munich, mediante influencias de la infanta Paz de Borbón, hermana de Alfonso XII, y que reside allí con su esposo. Mas los senadores, al conceder el envío, obligaron á Pradilla á que firmase un documento comprometiéndose, en caso de deterioro, á restaurar el lienzo, y en caso de destrucción total, á reemplazarlo con otro nuevo, de igual importancia. Firmó el artista este contrato leonino, fiando en la bonachonería de los acontecimientos—la cual no se desmintió, pues el cuadro volvió sano y salvo á ocupar su sitio en las paredes de la Cámara.—Discurriendo cómo evitarían nuevos petitorios y viajes, cuentan que los senadores tuvieron una idea luminosa: sujetar el cuadro á la pared de tal modo, que resultase casi imposible desprenderlo. Lo malo fué que al poner por obra la idea, pegaron el lienzo á tope sobre un revoque de húmeda cal, y si permanece así, tan preservadito, cinco años siquiera, al cabo de ellos se lo encuentran en completa putrefacción. Esto me han asegurado, por más que los senadores juran y perjuran que no es cierto, y la justicia me obliga á consignar su protesta. Como iba diciendo, la primer negativa del Senado á facilitar el cuadro de Pradilla fué tan unánime, que casi desesperanzados los individuos del Comité, hubieron de rogar al artista que fuera en persona á solicitar el envío. Pradilla accedió y se presentó en el Senado, pudiendo comprobar allí la inmensa estimación que la respetable Cámara le profesa. La emoción de los senadores al ver al autor de Doña Juana la Loca fué tal, que dudaban si en efecto tenían la dicha de estar ante Pradilla, y le palpaban y abrazaban exclamando: «¡Pero es usted! ¿Es usted el que ha pintado La Rendición de Granada?
A despecho de tan espontánea ovación, no tardó el artista en convencerse de que no había medio de obtener el cuadro. «¡Que vengan los franceses á verlo aquí, si les da la gana!» repetía el conde de Gluaqui. De otros senadores se murmuraba que, ya con deseo de proteger á artistas de menos fuste, ya interesados por el envío de La Conversión de Recaredo, de Muñoz Degrain, lienzo muy severamente juzgado por la crítica, sostenían la cabala urdida para evitar la concesión de la obra del maestro. Hubo, pues, que recurrir segunda vez al Deus ex machina, ó sea á Castelar, quien sirviéndose de todos sus recursos, poniendo en juego su influencia multiforme, consiguió, ayudado del duque de Veragua, dar á los senadores un empujón, y que el permiso se concediese sin más protesta que la del refractario conde de Puñonrostro.

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Resueltas todas las dificultades en el terreno legal, no estaba vencida aún la oposición insidiosa de la mala voluntad. Al ir á recoger el cuadro de Pradilla, se encontráronlos organizadores con una tranquilla sumamente original: el Senado les daba el lienzo, corriente; pero el marco… El marco no podía ser.
¡Juzgúese la cara que podrían! Un marco nuevo tenía que costar un dineral, y ni había fondos, ni casi tiempo hábil para construir el marco. Por fin, después de nueva y desesperada lucha, obtúvose el marco también, y al levantar el cuadro pudo verse que, si no es por la Exposición de París, en breve plazo la humedad daría cuenta de la joya tan admirada por los senadores, y, sin embargo, sentenciada á muerte por emparedamiento. Repito que me lo han contado así: relata refero; y si hay error en lo que escribo, rectifiquen los interesados, y rectificaré yo á mi vez en el segundo tomo de esta obra. Ya en París el cuadro, consiguió el Comité, mediante una pequeña intriga, darle puesto aparte en el gran salón, colocándole aislado, no sin gran desazón de Grisbert, y no sin que Matías López, desde Madrid, pasase un oficio extrañándose de este honor especial otorgado á La Rendición de Granada. El público de la Exposición (justo es advertirlo), da la razón á Gisbert, prefiriendo, de todos los lienzos de la sección española, el que el Fígaro, con la escrupulosa exactitud y exacta información que gastan los franceses al tratarse de nosotros, llama fusilamiento de los Torrijos.
Éntrelas dos salas que ocupa nuestra pintura en París, existe una diferencia marcadísima, ó, por mejor decir, un contraste. El primer salón es lúgubre y terrible: le angustian  las escenas de la ensangrentada playa, la sangre coagulada y los degollados troncos del subterráneo del Rey Monje, la austera figura de Felipe II , el fanatismo de Torquemada, la melancólica silueta de Garlos V llegando á Yuste como el náufrago á la playa, todas las tristezas de nuestra historia, que es en realidad una historia de guerra y de muerte. Pero en el salón segundo reaparecen la alegría y la claridad, propias también de nuestro cielo y nuestro carácter: las airosas majas, los donosos casacones, las escenas toreras, los paisajes, los tipos y costumbres que chorrean sal y vida. Son las dos caras del Jano español.
De La Rendición de Granada poco queda que decir que no se haya dicho ya. Es un lienzo incomparable, si se atiende en él al aire ambiente, al fondo, á los accesorios, y á dos ó tres rasgos de primer orden que pueden notarse en las figuras. Por la franqueza y el sentimiento no puede, sin embargo, compararse al modelo de las rendiciones todas, á La Rendición de Breda, de Velázquez. Aquella dignidad, verdad y sencillez conseguida por el primer pintor del mundo (Velázquez lo es sin disputa), no las alcanza Pradilla. Verdad que son lo supremo del arte humano. Grisbert ya he indicado que obtiene un éxito. Los franceses se paran ante su cuadro, sobrecogidos por el drama que representa y por la bella expresión de las nobles figuras: menean la cabeza y murmuran entre dientes: Ça, c’est trés-fort! Para Gisbert la Exposición viene á ser como una especie de desquite. Elevado á la cima de la gloria algunos años antes de la revolución de 1868 por su lienzo Los Comuneros, que la parcialidad política ensalzó excesivamente, el pintor catalán no tardó en pasar de moda y en quedarse á la zaga, mientras otros astros brillaban en el horizonte y ascendían al zenit. Grande será, pues, la satisfacción de Gisbert, maduro, ó, por mejor decir, envejecido ya, al conseguir que otro cuadro inspirado en el mismo espíritu liberal que Los Comuneros, logre dominar al público en nuestra Exposición pictórica de París. La obra de Luis Alvarez, pintada ex profeso para el Certamen, y titulada La silla de Felipe II, llama también la atención, aunque el Fígaro la censura, diciendo, con su proverbial conocimiento de causa, que es «un Rey malhumorado meditando alguna picardía á la sombra de los altos muros del Escorial» . (Donde medita picardías el Rey en el cuadro de Alvarez, es sentado en el pedrusco que se conoce por Silla de Felipe II, y se encuentra á más de un kilómetro del Escorial: altitos tendrían que ser los muros para dar sombra á tal distancia.) En cambio elogia mucho el Fígaro la afrancesada Visita al hospital, de Luis Jiménez Aranda, cuadro pálido y monótono, que descuella para los franceses, porque se ciñe á sus estilos de pintar.
Merece notarse el lienzo de Sala, Torquemada ante los Reyes Católicos, que, según el Fígaro (tengo interés en poner de relieve con cuánta competencia tratan los franceses lo que nos atañe), representaáun «Torquemada tempestuoso, defendiendo con gran empeño el dogma de la Inmaculada Concepción.» Verán ustedes lo que en efecto hace Torquemada. Cuéntase que, habiendo pactado los Reyes con los hebreos para consentirles ciertas franquicias y exenciones, Torquemada sacó un Cristo y le arrojó sobre la regia mesa, exclamando: «Judas le vendió por treinta dineros: véndanle vuestras señorías otra vez». Este es el «dogma de la Inmaculada Concepción » que defiende Torquemada «el tempestuoso» en el cuadro de Sala.
La llegada de Carlos V al monasterio de Yuste, obra del pintor catalán Casanova, residente en París, y autor del famoso cuadro llamado de «las patas» en la última Exposición española, adolece algo del efectismo propio de la pintura decorativa, y peca por la repetición de un asunto muy tratado ya por los artistas españoles. De mayor abuso del carácter decorativo se resiente aún La Conversión de Recaredo, de Muñoz Degrain, y además aseguran los inteligentes que está desdibujada. Muñoz Degrain ha pintado como nadie los pormenores de indumentaria y el fondo de sus Amantes de Teruel: desde entonces su talento, en vez de robustecerse y afirmarse, sufre algún eclipse. ¡Quiera Dios que sea parcial y momentáneo, pues Muñoz Degrain es de los artistas más simpáticos en el color y en los accesorios! Pasemos de prisa ante la Barca de Caronte, obra del filipino Resurrección Hidalgo, y detengámonos ante los trabajos expuestos por otro filipino, Luna, que fué hace cuatro ó cinco años una esperanza y una enseña de combate, y desde entonces no ha conseguido ponerse al frente de los pintores españoles, según auguraron ciertos críticos cuando el Spoliarium asomó en el horizonte.
Yo vi el Spoliarium en París; y á pesar de parecerme un boceto colosal, el plan de un cuadro, no puedo negar que detrás de aquella valiente composición mal terminada, descubrí un genio que nacía con el vigor y ia fuerza de los aguiluchos. Cansada de afeminaciones, de majas y peluquines, de moros indescifrables, al estilo Fortuny, y de lamidas pierrettes, género Madrazo, me agradó una página tan osada y briosa.
Si la mano que arrojó sobre el lienzo semejante composición fuese ya dueña de los secretos y triquiñuelas del oficio, nadie podría regatear á Luna el título de gran pintor. Y mirando al autor de Spoliarium, tan joven, casi niño, con su tipo mogólico (porque Luna, aunque español de nación, es de raza amarilla, parecíame que el arte debía prometerse mucho de quien empezaba así. Por desgracia, no ha seguido todavía su genio la marcha ascendente que soñé al admirar el discutido y «naturalista» Spoliarium. Su Batalla de Lepanto, que el Senado adquirió para hacer juego con La Rendición, de Pradilla, ha sido objeto de críticas muy acerbas; el color ha parecido agrio y chillón; las figuras (excepto la de un galeote que rema), mal entendidas; y lo que Luna expone hoy en París, no obstante los encarecimientos de Alberto “Wolff, tampoco logra aprobación universal. Lo más alabado es el Yo Himeneo, ó teoría de bacantes; en cuanto á los retratos y un paisaje, no he oído á nadie que no los trate con dureza. Luna ha tenido además la desgracia de que su bacanal no sea la única, y que Alma Tadema—el primer pintor contemporáneo en concepto de algunos—haya tratado igual asunto con la distinción y la finura exquisita y el minucioso esmero de costumbre.
El Sermón en España, de José Benlliure, es negro y melancólico; los Retratos, de Raimundo Madrazo, coquetones y bonitos: las Majas, de Enrique Molida, vierten sal y donaire; y los paisajes de Martín Rico—el primer paisajista español, aunque el Fígaro ni siquiera le nombra—atraen por su acostumbrada frescura, luz y realidad. José Jiménez Branda, pintor sevillano que lleva diez años de residencia en París, expone el género en que más descuella, que son las escenillas de la época de Goya, y algunos aguazos (gouaches) muy lindos; amén de un gran crucifijo en tamaño natural, de carácter romántico, sobre fondo negro y rodeado de acumuladas nubes.

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Domingo, su propio retrato, hermosísimo por más señas; y acerca de él quiero referir una anécdota que entre los del oficio se susurra.—Daba el duque de Fernán Núñez un baile el invierno pasado, y habiendo convidado ai artista, Domingo le envió este retrato con una tarjeta muy cortés, en que le decía que, no pudiendo asistir el autor en cuerpo y alma, asistiría en efigie. Al recibir el lienzo y la misiva, el magnate sintió un esculofrío en la bolsa, no mal guarnecida ni flaca, sin embargo. Recordó ciertas cuentas que la Reina Regente hubo de pagar á Domingo por unos cuadritos microscópicos, y calculó que si así vendía sus estudios, mucho más cara vendería su propia imagen; y para evitar toda clase de malas tentaciones, antes que se encendiesen las bujías de la fiesta, ya estaba otra vez el retrato en casa del original.—Expone también Domingo dos gatitos ideales. Ideales, sí; comogatitos y como pintura. ¡Cuánto siento que los gatos de Domingo no se vendan al mismo precio que los de carne y hueso, ó algo más! Aunque fuese preciso mantenerlos con cordilla. Ochoa, el cuñado de Raimundo Madrazo, presenta graciosos pasteles y retratos de mujer; y Bilbao, el autor del célebre Idilio griego, algunas muestras de su talento, no de las más incontestables. Es unánime la queja de que no figure en la Exposición el mismo Idilio, cuadro que por su delicadeza y clásica, elegancia puede competir con los mejores de la sección inglesa, y acreditar nuestra moderna escuela pictórica. Por raro caso, la duquesa Angela de Medinaceli se ba negado á facilitar esta perlita, que adquirió en la pasada Exposición. Y digo por raro caso, en atención á que la Duquesa es de las señoras más ilustradas y amantes del progreso que conozco. En su casa se reúnen los artistas, y bailan los pintores la generosidad unida á la inteligencia; por donde infiero que, sin algún motivo especial, no se resistiría tan egregia dama á entregar á la admiración del público la obra maestra de Bilbao. Con tanto bueno como encierran nuestros salones de pintura, nuestra representación en París es incompleta: se echa de menos á Villegas, á Domínguez, á Román Ribera, á Casto Plasencia, á Beruete y á otros rnuchos que, con razón, tenemos allá por astros de primera magnitud. En cuanto al decorado de nuestro magnífico local, la Comisión ha realizado prodigios, haciendo de un ochavo un cuarto, como suele decirse. Disponía de dos mil quinientas pesetas para lo mismo que los ingleses tenían concedidas doscientas cincuenta mil por su Gobierno. ¡Calcúlense los apuros de los comisionados para alhajar y adecentar el domicilio del Arte español! Las cortinas orientales son prestadas, alquilados los muebles; y mientras la pintura vive así, de milagro puede decirse, la industria más ó menos chocolatera—ramo en el cual somos y seremos, quizás por los siglos de los siglos, inferiores—se lleva ella sola casi el total del crédito votado para nuestro concurso extraoficial á la Exposición.
No puede negarse que desde el punto de vista artístico hemos salido airosos del empeño. Excepto la pintura francesa—que en esta ocasión se lleva la palma—y de algunas obras de Alma Tadema y Munkacksy, los artistas españoles pueden hombrearse con los mejores de Alemania. Inglaterra y Austria-Hungría. Los de Suecia y Noruega son una nota aislada, sincera y original: exentos de tradiciones y convencionalismos académicos, sorprenden porque se inspiran directamente en la naturaleza.
Italia marcha á la cola de la pintura actual.
¿Quién habrá de admirarse de que donde fueron Troya, Atenas y Palmira, sólo queden ruinas y hordas de feroces bandidos, cuando note que Italia, antes emporio del arte, es hoy la nación de la cual puede decirse con rigurosa exactitud que está en plena decadencia, sin luz ni camino, sin una chispa de genio que se alce de tanto montón de gloriosas cenizas?
Ya había notado esta decadencia en el Camposanto de Genova, poblado de estatuas que parecen de sal gema y azúcar cande; pero hoy en la pintura veo más claramente aiin el triste estado de la nación que después de Grecia ha traído mayor contingente de ideas estéticas al universo.
He nombrado á Alemania. En efecto, á última hora, un grupo de artistas muy distinguidos se resolvió á no dejar desierto el hueco de Germania en el gran Certamen. Es una exposición parcial, en un saloncito chico, pero no carece de interés. Sobre los expositores descuella Menzel.

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Al emitir un juicio comparativo entre naciones, es difícil no herir el amor propio de alguna, y más arduo decidir con equidad, sobre todo si no poseemos conocimientos sólidos y nos guía únicamente la afición y el gusto. He dicho que se lleva la palma la pintura francesa, y débese principalmente á la soberbia Exposición retrospectiva ó centenal que ellos han podido organizar con todos los elementos de que dispone quien está en su casa y es dueño de entresacar de Museos y colecciones particulares las más preciadas joyas de arte de un período. Es de advertir también que las riquezas del arte pictórico francés apenas se han desparramado: París atesora las obras capitales de “Watteau, Greuze, Boucher, Fragonard, David, Courbet y Corot. La Exposición centenal será, pues, la maravilla clel pabellón de Bellas Artes. Pero en cuanto á que la moderna escuela francesa de pintura aventaje á la nuestra en absoluto, habíanse divididas las opiniones, aunque en general se reconoce á los franceses más ciencia y maestría que á los nuestros. Los partidarios clel diseño afirman que ningún español sabe dibujar, y que en cambio los franceses dibujan muchísimo: añaden que sus cuadros están compuestos con habilidad, pensados y reflexionados largo trecho. Estas cualidades no negaré yo que merezcan estimación, ni diré que no convenga á los españoles moderarse y estudiar los métodos modernos. Sólo indicaré que no me convencen del todo, clel todo, esos maestros de maestros que á cada rato improvisa Francia por vanidad nacional. Meissonier, Millet, Manet podrían discutirse. Y sin despreciarlos, sospecho no quedarán acaso en el puesto eminentísimo, culminante, en que los ponen sus compatriotas. Yo veo en la pintura francesa, y en general europea, mucho más talento que genio: habilidad, gracia, tecnicismo . . . , de sobra; inspiración, personalidad…, ahí, ahí tropezamos.